El sacrificio del cuerpo

Por Sergio Araya Alfaro

El año 1998 resulta particularmente nefasto y dramático para el Arte nacional. Esto, por cuanto con tan sólo un mes de diferencia, dos creadores considerados en diferentes círculos como “genios” -Nino García y Adolfo Couve- , decidieron acabar con sus vidas y liberarse de las cadenas que los ataban a una existencia agobiante y tormentosa a pesar de amar y vivir empapados de la música, la pintura y la literatura, trincheras desde las cuales ayudaban a construir o ser parte de una sociedad finalmente esquiva, injusta y egoísta. El 3 de febrero de ese año se informaba en los medios de la muerte de “un músico chileno”. Un mes después, el 11 de marzo se hablaba de “la muerte de un escritor de Cartagena”. En los días siguientes los medios se refirieron a sus decesos siempre desde lo anecdótico, algo que Couve en particular detestaba. En sus palabras, la anécdota no cabía en el Arte. El músico Hugo Moraga diría de Nino García que “era muy grande, no cabía en la televisión. Ahí todo es del porte de la pantalla no más”. Ese era –es- el escenario donde se instalaban estos portentos.   

Con orígenes y experiencia de vida casi opuestas, los unía un adn cien por ciento artístico y su escasa reverberancia mediática, a pesar de que –aun en vida- eran considerados una verdadera escuela, una escolástica viviente que respiraba y exhalaba sólo una cosa: Arte. Así, con mayúscula. También los unía su afán por mezclar desde la música y la literatura, corrientes estéticas tan diferentes y profundas como lo europeo y lo americano. Puntualmente lo latinoamericano. Como ejemplo podemos mencionar los arreglos de cuerda –“barrocos” en opinión de algunos puristas- que García -contando con apenas diecisiete años- agregó a la última grabación realizada por Violeta Parra. En el caso de Couve, su intención por devolver al público europeo la influencia de su literatura pero “pasada por el cedazo de lo americano” como señalaría tantas veces refiriéndose a la figura del arquetipo, el tema universal y su acercamiento al realismo francés.

El uno buscaba dar (“¿es mucho pedir?” preguntaría García alguna vez) desde su talento compositivo, de arreglador. En definitiva, de su mirada en 360° respecto del fenómeno musical. El otro buscaba la perfección de la belleza, aun desconociendo dónde encontrarla, pero sabiendo dónde no está: la televisión, las teleseries, en la gente que corta los árboles y no respeta la naturaleza, de acuerdo a sus propias palabras. Un concepto absolutamente panteísta que abarcaba incluso algo tan profundo y existencial como su fe.

Nino García se cansó de pedir un espacio para su obra y no claudicó ni transó en su postura. Hoy su creación sobrevive desperdigada en distintas plataformas, y a veintidós años de su partida surgen con nuevos bríos instancias para reivindicar su figura desde la estatura adecuada. Un poco de justicia siempre viene bien, ciertamente. Adolfo Couve finalmente salió de un circuito pequeño y fue editado por una editorial de renombre internacional, aun cuando su verdadero Premio Nobel lo constituía el hecho de que un escolar llevara en su bolsón o mochila alguno de sus libros. También encontró la belleza, la perfección tan anhelada con “Cuando pienso en mi falta de cabeza”, una verdadera coda de “La comedia del Arte”, la publicación que le valió el reconocimiento fuera de Chile y que resultó ser una dramática autoprofecía. “Ya no puedo seguir en lo mismo”, diría en su última entrevista, dos meses antes de saltar al vacío de una existencia vivida intensamente.

Hoy, cuando el modelo neoliberal ya no resiste análisis y es más que evidente que ha hecho trizas todo lo relacionado con una continuidad discursiva desde el saber, cuando el olor a comida chatarra lo inunda todo y la felicidad en doce cuotas resulta ineludible para una tremenda mayoría, es válido reflexionar acerca de la posición que ocupa cada uno en tanto sujeto histórico y de qué forma generamos una sociedad donde no sobre nadie, donde existan -y lo más importante- escuchemos a los Nino García y leamos a los Adolfo Couve en un país que como antaño semeje un living donde se converse y se escuchen todas las voces todas. Sería tremendamente doloroso e injusto que alguien más -desde la perspectiva que sea- considere como única opción el sacrificio de su cuerpo para la liberación de su espíritu y encontrar de esta forma la paz necesaria para continuar de alguna forma su propio e inevitable  derrotero.